Nunca es tarde, pero lo es.
Soy el Secretario General del Partido Popular de Gipuzkoa. Y soy, ante todo, hermano de Ángel Mota Iglesias, asesinado cobardemente por ETA en marzo de 1990. Mi hermano fue tiroteado por la espalda mientras introducía a su hijo de seis meses en el coche.
No voy a hablar aquí del inmenso dolor de perder a un hermano de ese modo. Es un sufrimiento imposible de traducir en palabras, imposible de olvidar.
Pero hoy quiero hablar de otro tipo de dolor, igual de desgarrador: el de la humillación.
Años después del asesinato de mi hermano, el etarra que lo mató, Francisco Javier Balerdi Ibarguren, fue recibido con aplausos, vítores y pancartas en su “Ongi Etorri”, a escasos metros del domicilio de mis padres, en la plaza de los Luises. Aquel día, la plaza estaba llena. Llena de gente que celebraba su regreso como si de un héroe se tratara. Allí estaban también niños, aplaudiendo sin saber —o quizá sabiéndolo demasiado bien— a un asesino múltiple. Aplaudiendo el horror, el crimen, el odio.
Aplaudiendo la muerte de mi hermano.
Esa imagen, esa escena, nos atravesó el alma. Fue como revivir el asesinato. Fue como si volvieran a disparar, esta vez contra todos nosotros. Porque no hay forma más cruel de agravar el dolor que celebrar al verdugo ante los ojos de las víctimas.
Durante años, muchas víctimas hemos vivido este tipo de actos en la más absoluta soledad.
En silencio, en la resignación de quienes parecíamos pedir demasiado por exigir dignidad, respeto y justicia.
Se nos decía que debíamos entender, que eran “actos privados”, que formaban parte de una “normalización”.
Pero, ¿cómo puede ser normal aplaudir a quien ha sembrado la muerte? ¿Qué sociedad sana aplaude a un asesino delante de la familia del asesinado?
Hoy, aunque tarde, la Audiencia Nacional ha sentenciado que estos homenajes, estos “Ongi Etorris”, son delito.
Y lo son porque son una humillación pública a las víctimas.
Porque legitiman el crimen, envenenan la convivencia y educan en el odio a las nuevas generaciones.
Lástima que esta sentencia llegue ahora, cuando muchos de los asesinos ya han salido de prisión y han sido recibidos con todos los honores en nuestros pueblos, como si sus crímenes hubieran sido un acto de valentía, y no lo que realmente fueron: actos cobardes, crueles y profundamente inhumanos.
El actual Gobierno ha contribuido, además, a esta sensación de impunidad, promoviendo excarcelaciones anticipadas, acercamientos y pactos que han dejado en la cuneta a quienes más han sufrido: las víctimas. Y sin embargo, incluso hoy, seguimos escuchando que debemos “pasar página”, como si no quedaran heridas abiertas. Como si la dignidad fuera un lujo.
No. No se puede pasar página cuando el dolor es renovado cada vez que se blanquea al asesino.
No se puede hablar de convivencia sin justicia. No se puede construir una sociedad democrática sobre el silencio forzado de quienes han perdido a sus seres queridos por defender la libertad.
Otra cosa es que miremos hacia adelante…
Como hermano de una víctima, como ciudadano y como representante público, digo hoy que no aceptaremos ni un homenaje más a un asesino.
Y aunque para muchos la Justicia haya llegado demasiado tarde, al menos ha llegado. Porque la memoria de los nuestros, como la de mi hermano Ángel, merecen respeto, verdad y Justicia.
Nunca pedimos venganza. Solo pedimos que no se aplauda al asesino. Y que construyamos una sociedad mejor que la del pasado.
Y eso, por fin, empieza a entenderse.
Jorge Mota Iglesias
Secretario General del Partido Popular de Gipuzkoa
