Memoria no es demolición 

En los últimos días hemos asistido a una propuesta que, más que pretender reparar una injusticia histórica, revela una peligrosa tentación de reescribir la historia desde la exclusión ideológica.  

Me refiero a la iniciativa de EH Bildu y Elkarrekin, que solicitan al Estado declarar el monumento al Sagrado Corazón de Jesús del monte Urgull como contrario a la memoria democrática, con la intención de que sea retirado o demolido

Lo digo claro y sin rodeos: es una aberración.  

No solo por su carga simbólica, sino porque representa un intento de borrar una parte del alma cultural y espiritual de San Sebastián bajo pretextos ideológicos y falsamente democráticos. 

El Sagrado Corazón es un monumento religioso, no político, inaugurado en 1950, fue impulsado por la Iglesia donostiarra y diseñado por el arquitecto Ramón Cortázar.  

A diferencia de otros símbolos realmente vinculados al franquismo, éste no contiene ninguna exaltación directa de la dictadura ni placas ni escudos ni consignas.  

Su mensaje es puramente religioso y espiritual, no político. 

La devoción al Sagrado Corazón es anterior al franquismo y profundamente arraigada en la historia vasca y española desde el siglo XIX. Por tanto, presentar esta estatua como un símbolo franquista no es un ejercicio de memoria: es una falsificación. 

La Ley 20/2022 de Memoria Democrática establece que deben retirarse aquellos símbolos que supongan exaltación del franquismo o humillación de las víctimas.  

Nada de eso ocurre con esta estatua. 
Utilizar esta ley para justificar su derribo es forzar su interpretación hasta el ridículo, y transformar un instrumento legítimo de reparación histórica en un arma de confrontación ideológica.  

Es decir, la Ley de Memoria Democrática no avala esta demolición. 

Hay que recordar que la Cruz del Valle de los Caídos, construida expresamente por orden de Franco, con mano de obra de presos republicanos y como homenaje directo a los “caídos por Dios y por España” no ha sido demolida.  

Se ha resignificado, sí, pero su estructura se mantiene, precisamente por su dimensión monumental y cultural. 

Entonces, ¿cómo se puede pedir con seriedad el derribo del Sagrado Corazón de Urgull, que ni es franquista ni es político ni representa violencia alguna? 

El Sagrado Corazón forma parte del paisaje emocional, cultural y arquitectónico de San Sebastián. Es uno de los elementos más reconocibles desde cualquier punto de la ciudad. 

Cualquier intento de eliminarlo no es una reparación histórica: es un acto de sectarismo y censura, un ataque al patrimonio y a la libertad. 

Hoy es esta estatua. ¿Mañana serán las iglesias? ¿Las procesiones? ¿las cruces de los cementerios?, es decir, todo aquello que estas mentes paternalistas e intervencionistas quieran eliminar, destruir o derribar. 

No hay democracia auténtica cuando se pretende silenciar lo que no se comparte. Democracia es aceptar la diversidad, no imponer una única visión del pasado. 

Es posible y necesario mantener viva la memoria de quienes sufrieron la represión del franquismo, sin necesidad de destruir un símbolo religioso que no hiere a nadie, que no contiene ninguna exaltación directa de la dictadura, y que, al contrario, representa a miles de donostiarras que lo consideran parte de su identidad. 

No se construye una sociedad más justa derribando estatuas, sino asumiendo la historia con todas sus luces y sombras, sin manipulaciones. 

Y por eso, con toda claridad: 

No al derribo del Sagrado Corazón de Urgull. 
No a una memoria democrática mal entendida. 
Sí al respeto, a la libertad de creencias y a la verdad. 

Comparto esta reflexión sin ánimo de molestar, pero a veces uno recuerda ciertos dichos populares que tienen mucha sabiduría.  

“No discutas con un necio, te arrastrará a su nivel y allí te ganará por experiencia” 

Jorge Mota 
Concejal del Grupo del Partido Popular 
Ayuntamiento de San Sebastián 

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